Majestad del Libertador de Israel
11¡Hallelú Yah!
Cuando Israel salió de Egipto,
—la casa de Jacob
de entre un pueblo bárbaro—
22Judá vino a ser su santuario,
Israel su imperio.
33El mar, al ver, huyó;
el Jordán volvió atrás.
44Los montes saltaron como carneros,
los collados como corderillos.
5¿Qué tienes, mar, para huir
y tú, Jordán, para volver atrás?
6¿Montes, para saltar como carneros;
collados, como corderillos?
75Tiembla, oh tierra,
ante la faz del Señor,
ante la faz del Dios de Jacob,
86que convierte la peña en estanque,
la roca en fuente de aguas.
Comentario
1 1. Algunas versiones unen este Salmo al siguiente, y así aparecen aún en la presente numeración que se atiene a la Vulgata. Pero todos reconocen hoy que son distintos. Pueblo bárbaro: El egipcio, de lengua diversa e ininteligible para Israel (cf. 104, 23 y nota). Bárbaro es término onomatopéyico que imita un balbuceo sin sentido: “bar, bar”.
2 2. Judá e Israel se especifican en la Escritura para designar a todo el pueblo hebreo (cf. Jeremías 3, 18; 31, 31; Hebreos 8, 8 ss., etc.). El privilegio del Templo pertenece a Judá (Salmo 77, 68 s.).
3 3. El mar: El Mar Rojo que se dividió bajo la vara de Moisés (Éxodo 14, 21). De la misma manera se dividió el “Jordán” (Josué 3, 16).
4 4 ss. Imágenes dramáticas que ilustran la portentosa historia del pueblo de Dios.
5 7. Ante la faz: Nácar-Colunga vierte: a la venida, y varios dan trascendencia mesiánica a este pasaje. En realidad el estremecimiento de la tierra está en la Escritura tanto como hecho histórico (Salmo 67, 9) cuanto como anuncio profético (Salmos 95, 9; 98, 1; Isaías 24, 19 s., etc.).
6 8. Esta milagrosa sorpresa de las aguas en el desierto (Éxodo 17, 5; Números 20, 11) muestra una vez más cómo nos deslumbra Dios en sus obras con el misterio de la contradicción en que lo grandioso resulta despreciable y viceversa, como el sílex, imagen de la sequedad, convertido en manantial. Cuando la Virgen nos revela la misteriosa fisonomía de Dios, no hace más que insistir en este aspecto (Lucas 1, 48 ss.). Mientras no lo comprendamos íntimamente, seguiremos siendo como los judíos que se escandalizaban de Cristo, o los paganos que se reían de Él (cf. I Corintios 1, 23; Hechos 17, 32; Salmo 112, 7 ss. y notas).